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Bienvenidos! Este blog es dedicado a la reflexión y a la poesía. Poco es lo que se ha escrito, tanto lo que se desea escribir; poco es lo que se ha reflexionado, tanto queda por reflexionar y cuando el trabajo haya terminado, seguir reflexionando y seguir trabajando.

sábado, 5 de febrero de 2011

El fin y el principio (Cuento Corto).

           Corrían los días en una tierra convulsionada, muy como la de hoy, sin embargo en algunos aspectos mejorada y en otros peor. Eran momentos de muchos cambios, eran momentos donde la raza humana prácticamente por lo único que vivía era por la supervivencia. Darwin en el tiempo  se hacía cada vez más vigente. 
Muy a pesar de la situación existía un ser en medio todo,  el cual se encontraba más allá del bien y del mal. Éste era muy callado, de hecho no conversaba con nadie, y aunque estaba en medio de todo y de todos, nadie notaba su presencia. Él estaba cerca de todos y a todos escuchaba, era una especie de fisgón por casualidad. Sabía de todo. Conocía una gran parte de la historia de dicha ciudad. No juzgaba y a nadie le negaba sus beneficios. No le importaba  quien estaba próximo a él, si era bello o feo, bueno o malo, en fin, nada de ello le preocupaba. A nadie etiquetaba. Lo único que hacía era vivir y ser feliz con la vida que llevaba porque entre todos era uno de los pocos que aún se encontraba  en contacto íntimo con su propia esencia y le gustaba ser lo que era y le gustaba hacer aquello que hacía. Un ser muy especial sin duda.
Muchas veces este ser había estado en peligro. Como todos, se enfermaba; como todos, era víctima de la contaminación creciente; como todos, tenía que enfrentarse a los embates del clima, pero claro, él toda su vida había vivido en la calle. Aunque carecía de muchas comodidades de las cuales gozamos muchos (pero de las cuales muchos otros carecen), seguía siendo feliz y muchas veces se preguntaba cómo era posible que hubiese tanta gente sintiéndose infeliz cuando él era feliz y no tenía ni la mitad de la libertad de la cual disfrutaba tanta gente. Claro, él también comprendía que la libertad no se hallaba fuera de la gente sino que la libertad se encontraba dentro de cada uno y que muchos de aquellos que él veía diariamente, eran esclavos de ellos mismos y por aferrarse a ciertos pensamientos y sentimientos  perdían su capacidad de ser libres, ellos mismos se encerraban en sus cabezas y nadie podía sacarles de allí, más que ellos mismos. Sin darse cuenta la vida les pasaba por delante y ellos como muertos. 

En algún momento y él no sabe cómo, todo lo que había conocido hasta ayer comenzó a cambiar abruptamente. Se dieron cambios en las rutinas de todos, en su rutina inclusive, la de ser eternamente un observador. Cierto es que se angustió un poco, pero es que a todos cuando le comienzan a cambiar la rutina en contra de la propia voluntad y sin saber ni por qué ni cómo, se angustia. Unos más y otros menos, pero hay angustia. Una mañana despertó y a diferencia de otras mañanas no escuchó a los pájaros cantar. Cierto es que la noche había sido muy ruidosa. Se habían escuchado muchas sirenas a lo lejos durante la madrugada y la gente con la cual solía encontrarse cada mañana en dirección a sus trabajos, hoy no pasaba. Hoy nadie caminaba. Ni los amargados, ni los tensos, ni los felices, los relajados, los exaltados, los idiotas policías o los amables policías, los dueños de las cafeterías, y miles de personas más; nadie, absolutamente nadie hoy había pasado. Había silencio en las inmediaciones de las calles donde toda su vida la había pasado. Sin embargo, las sirenas, gritos lejanos y uno que otro estruendo no habían cesado. Pero todo esto era algo lejano. Era algo que él sabía que existía, pero que nunca había vivido.
Pasaron varios días así y lo había confirmado, no sabía si para bien o para mal, pero el mundo que él conocía había cambiado. Lo sentía dentro de él, como cuando uno tiene una corazonada. Sin embargo, las sirenas se escuchaban más cerca e inclusive algunos carros que las llevaban encendidas habían pasado por la calle por donde él vivía y él no sabía por qué. Algunas veces habían pasado carros con bocinas recomendando a la gente  que  se mantuvieran dentro de sus casas, que no salieran a la calle pues corrían mucho peligro.  Él, que vivía en la calle se desesperó y hubiera deseado tener un hogar seguro. Pero como todo el que vive en la calle, de alguna manera se las arreglaba para que las autoridades no notaran su presencia Él sentía que su vida corría peligro. La calle y sus alrededores habían dejado de ser lugares seguros.
Siguieron los días  y la situación no mejoraba. Ni para él ni para nadie. No conseguía alimento. No conseguía agua y la sed lo estaba matando. Pero algo peor inclusive estaba sucediendo, la soledad en su vida cada vez era más grande. En esos días se enteró (y no porque le dijeran) que algo muy malo  se acercaba y amenazaba la seguridad de todos. Había una guerra muy terrible cerca de ellos y en esa guerra existía un arma que arrasaba todo a su paso. Un arma que no dejaba nada, ni para el atacante ni para el atacado. Toda su vida había definitivamente cambiado. La contaminación era terrible. El sol  cuando calentaba lo hacía como nunca y él sentía que su cuerpo se enfermaba. Cuando llovía la  lluvia era amarga y para nada la sed le calmaba.
Siguieron pasando los días y todos los cambios se daban bruscamente. Comenzó a ver más gente pero estos no estaban en las mismas condiciones de las de antes. Ahora estaban más agresivos. Nadie se quedaba en su casa. Nadie acataba las órdenes de las autoridades. Él, se había convertido en un testigo silente de crímenes diurnos y nocturnos. Estaba siendo partícipe, aunque pasivo, de torturas y abusos contra todos y contra todo. Sabía que pronto sería tomado en cuenta aunque quizá no de la forma que él hubiese querido. De hecho así fue. 
Una noche se quebró el silencio con un estruendo tan poderoso que helaba la sangre. Su sangre se heló. Empezó a sentir que la vida comenzaba a acabarse. El cielo oscuro se enrojeció. Había fuego por todos lados y  hacía calor. La gente gritaba, de miedo y de ira. Nada descansaba y hoy era un día fatal. Desde hace mucho tiempo nada ni nadie descansaba.  Él desde hace mucho difícilmente  podía descansar.  En su alarma y entre todo este alboroto sintió que algo en su mundo interior comenzaba a ser diferente. La gran amenaza antes anunciada se había materializado, había dejado de ser una amenaza. Era algo mortalmente concreto.
 Comenzó a sentir que él se moría. No lo podía creer. Gritó pero nadie lo escuchó. Lloró pero nadie vio sus lágrimas. Claro si antes nadie lo veía en la calma, ahora menos en la confusión. En su grito pidió a Dios que no le permitiera morir, sin embargo como siempre le dijo a Dios “hágase tu voluntad”.  De nuevo y como lo hacía constantemente la habló a Dios: ¡Señor, amo la vida, no me permitas morir, tú sabes que yo amo estar vivo y que a pesar de la soledad a la cual he estado ceñido desde el primer día en el que nací, siempre he disfrutado del mundo, aunque no hubiera podido caminar, aunque no me comuniqué con nadie más que contigo, aunque nunca tuve familia!  Se sentía desesperanzado e inclusive sintió algo que nunca había sentido, ira. Sí, por primera vez en su vida sentía ira. Se sentía humano como nunca antes en su vida se había sentido. Él se preguntaba y le preguntaba a Dios: ¿Señor si yo nunca he desafiado tu autoridad, si nunca he atentado contra la vida, si siempre he aceptado mi función en este mundo con todo el amor, por qué ahora tiene mi vida que terminar de esta manera tan espantosa? Lloró, le gritó a Dios, le imploró pero no obtenía respuestas. Como todos los humanos, tenía muchas de las respuestas dentro de él pero simplemente no quería verlas.
Después de esta última pregunta se hizo un gran silencio. No es que nada sucediera fuera de él. Simplemente ya él no escuchaba. Veía todo y a todos. Todo era un gran caos y confusión. De nuevo otro gran estallido y todo retumbó, hasta lo más profundo de su ser tembló ante tal estruendo.  De nuevo comenzó a sentir ira, pero también tristeza. No podía creer que todo aquello que estaba viendo pudiese ser causado por los mismos que tiempo atrás paseaban frente a él en paz y tranquilidad. Comenzó a reflexionar y concluyó que quizá el mundo había cambiado mucho antes y lo que sucedía era que él no había sido capaz de anticipar esos eventos. Se dio cuenta que como todos, estaba acostumbrado a que todo siempre fuese igual y se resistía al más mínimo cambio. Quizá si se hubiese dado cuenta de la dinámica de los eventos que día a día ocurrían en su mundo, quizá habría hecho algo para cambiar lo que ahora estaba viviendo.

Luego de reflexionar todo este rato y sentir que le quedaba menos tiempo de vida, de nuevo se dirigió hacia Dios y le dijo: ¡Padre, perdóname por cuestionar tu autoridad, perdóname por tanta ira y tanto odio y perdónalos a ellos por su odio y por no haber hecho nada para cambiar este mundo, sin embargo, que puedo hacer yo, un pobre árbol atado a esta tierra, lo único que hacía era dar sombra, frutos y cobijo a las aves. Si tan sólo hubiese sido un humano como ellos, habría hecho más por la madre tierra, pero ya no hay nada que hacer, ya todo llega a su fin, nada más puedo hacer!

Suspiró por última vez, miró todo y a todos a su alrededor y el mundo, su mundo,  se oscureció. El mundo fuera de él también desapareció. Después del séptimo  estallido todo desapareció. No quedó nada, no quedó piedra sobre piedra. Millones de años de vida desaparecieron tan rápido que sería necesario más de tres días para este mundo para resucitar. Sin embargo Dios ya había perdonado a la humanidad.

            Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios...


Autor: Daniel Rojas Salzano

1 comentario:

  1. Bueno, bueno, Dani. Lo relaciono mucho con lo que plantea Goleman en Inteligencia Ecológica... El cerebro humano registra con bastante eficiencia los peligros inminentes, pero no muy bien las amenazas latentes. Esto no justifica la ineptitud, sólo explica lo limitado de la percepción que nos gastamos.

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